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Aniversario / Partido del Progreso

CUANDO TODOS CALLABAN
20 aniversario del Partido del Progreso
Discurso pronunciado por Donato Ndongo-Bidyogo • 03-04-2003s

"De manera que, cuando otros callaban o colaboraban con el sistema, el Partido del Progreso ya alzó su voz en favor de la restauración de la democracia en Guinea Ecuatorial", se dice en una parte del discurso. Discurso iluminador, conmovedor y sincero pronunciado el 22 de febrero de 2003 por el formidable escritor y analista


Estimados compatriotas, queridos amigos: El presidente del Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial, Severo Moto, me ha hecho el honor de invitarme a participar en este encuentro fraternal que nos congrega con motivo de conmemorar el vigésimo aniversario de la fundación del Partido. Hace 20 años, Severo y yo, acompañados por dos amigos españoles, decidimos crear este partido, impulsados únicamente por la necesitad de trabajar por la restauración de la democracia en nuestro país, en un momento en el que la mayoría de los conciudadanos y casi toda la opinión pública internacional y los gobiernos extranjeros estaban más interesados en legitimar la segunda entrega de la dictadura impuesta por un grupito de personas a nuestro pueblo, bajo la excusa de que se debían apoyar los esfuerzos de reconstrucción nacional que anunciaba el entonces teniente coronel Teodoro Obiang Nguema, quien, poco más de tres años antes, había sustituido en el poder a su tío, el primer dictador Francisco Macías Nguema. La mayoría de la gente, dentro y fuera de Guinea Ecuatorial, se limitaba a conceder un cheque en blanco por tiempo indefinido al presidente Obiang, sin darse cuenta de que el problema de Guinea Ecuatorial es político y no económico.

Cuando entonces escribía estas cosas en periódicos como Diario 16, algunos políticos españoles relacionados por sus funciones con Guinea Ecuatorial me acusaban de "alarmista" y de "entorpecer, las relaciones entre Guinea Ecuatorial y España". Sufrí en silencio esas presiones, y tuve alguna entrevista tormentosa con algún responsable español, que se mostraba -como otros en la actualidad-, más "obiangnguemista”, que el propio Obiang. A pesar de todos los atropellos que ya cometía entonces el régimen de Malabo tanto contra sus propios compatriotas como contra los derechos de ciudadanos extranjeros, alguno de ellos asesinado (como, por ejemplo, la religiosa sor Carmen Samaranch, crímen todavía impune, lo cual conviene recordar para situar el contexto y comprender la Historia), pocos, por no decir nadie nos secundaban en la idea de que era necesario un cambio de rumbo, y ese cambio de rumbo debía conllevar necesariamente la restauración de las libertades individuales y públicas; la reconciliación nacional, la articulación del Estado a través de la armonización de todas las sensibilidades étnicas y culturales, como paso previo a la consolidación de las instituciones, la implantación de leyes que nos condujeran a la plenitud del Estado de Derecho, y, cómo no, a la puesta en marcha de los mecanismos sociales y económicos que devolvieran a los ciudadanos su bienestar y asentaran una economía libre de cuyos beneficios participaran todos los hijos de Guinea Ecuatorial.

Entonces no se comprendía lo que es obvio hoy: que un régimen de libertades era el paso previo para lograr los demás objetivos de participación política y desarrollo económico y social. Si hace veinte años se hubiera actuado en esa dirección, la hiedra no se hubiese desarrollado hasta alcanzar su monstruosidad actual. El hecho de que uno sea prudente y prefiera no contar determinadas cosas no significa que no ocurrieran, o que se olviden. Yo no olvido nada. Algun día, si Dios quiere, escribiré mis memorias, porque he vivido episodios de todo tipo en la defensa de la libertad de mi país, incluyendo intentos de agresión física aquí en Madrid y claras amenazas de muerte. Y si hago mención muy de pasada de eso hoy és sólo para que se comprenda la necesidad que nos llevó a Severo y a mi a crear este Partido, y para explicar que el Partido del Progreso nació en medio de la hostilidad de mucha gente, dentro y fuera de nuestro país.
Aunque de ahí naciera precisamente su fortaleza actual: cuando no había casi nadie más que lo dijera, el Partido del Progreso se constituyó en un baluarte de defensa a ultranza de las libertades, introduciendo en la cultura política de Guinea Ecuatorial la necesidad de agrupaciones ideológicas con programas definidos, que fueran los mecanismos a través de los cuales la libertad y el desarrollo fueran posibles, sin trampa ni cartón. El Partido del Progreso nació con vocación de implantación en la sociedad guineana, y de trascendencia de las personas que lo idearon, para agrupar a nuestros compatriotas que sintieran, lo mismo que nosotros, esa necesidad de cambio. No nació, pues, para servir de trampolín para ambiciones inconfesables, ni para ser una plataforma de oposición a Obiang. Nuestra aspiración fue, y sigue siendo, liderar un proceso trascendente, con unos trazos bien definidos por el humanismo cristiano en el que nacimos y crecimos Severo Moto y yo, y no una simple reacción visceral por la rabieta de un momento.
No queremos ser un partido como los de la preindependencia, que sólo fueron creados para "luchar contra los blancos", como ellos mismos decían, sin saber después qué hacer cuando se retiraron los blancos. No queremos ser un partidito como muchos de los de ahora, que nacen sólo para que sus dirigentes lleguen a ser ministros, y aquí paz y después gloria. El Partido del Progreso quiso ser y es ya un referente en Guinea Ecuatorial, quiso ser y es ya una pieza sin la cual no se puede articular el futuro de Guinea Ecuatorial. No importa que ahora esté ilegalizado. Tampoco importa que muchas ratas abandonen la nave. Lo importante es la idea, que, modestamente, nació, ha crecido y florecerá, pues algún día comeremos los frutos de este árbol que plantamos hace veinte años, que no pueden ser otros que nuestra libertad y el progreso de todos los hijos del país. De manera que, cuando otros callaban o colaboraban con el sistema, el Partido del Progreso ya alzó su voz en favor de la restauración de la democracia en Guinea Ecuatorial.

Muchos se preguntarán, y de hecho se preguntan, por qué mi nombre no aparece nunca entre los militantes del partido que contribuí a pergeñar, y que me debe su nombre; por qué no estoy activamente en política. Y debo esa explicación a sus militantes, y al pueblo de Guinea Ecuatorial. Entonces pensé, y sigo pensando, que el Partido del Progreso, y las demás formaciones políticas que tiene o pueda tener nuestro país, necesitan de un liderazgo fuerte, incontestable en lo ideológico y en lo personal, alejado de toda tentación bicéfala. Ese fue el pacto entre Severo Moto y yo. No habría doble cabeza, nadie pondría nunca un bastón entre las ruedas del Partido intentando dividir a sus fundadores. 

La segunda razón es que yo no quería, ni quiero, que se confunda nunca a esta formación política con otras que surgen en Guinea Ecuatorial. Severo Moto y yo somos de Niefang, pero que nadie nos confunda y nos identifique con acciones o intenciones tribalistas u otros signos excluyentes, porque el Partido del Progreso está siempre abierto a todos. El Partido del Progreso no es el partido de Niefang, ni el partido de los esawong o el partido de los efack, ni el partido de ésta o aquella tribu o clan. Tampoco es el partido de los periodistas, por la coincidencia de que Severo y yo somos periodistas. Es el partido de todo guineano de bien, de todo guineano que se sienta patriota, dentro de los parámetros ideológicos que hemos escogido y que nos caracterizan, aunque, como demócratas, comprendamos y asumamos que se puede ser patriota desde otras ideologías democráticas, fundadas en el respeto de los derechos de los ciudadanos y demás actuaciones que conforman el acervo y el talante democráticos.

Y debo manifestar aquí, con toda la claridad posible, una tercera razón, quizá la más importante: no soy político, nunca he vivido ni viviré de la política, no aspiro a tener ningún cargo, y no he trabajado nunca en política ni trabajaré en el futuro, si los derroteros de la vida me llevaran a ello, por motivos de ambición. Procuro vivir lo mejor que puedo y sacar adelante a mi familia con dificultades que sólo conocemos mi esposa y yo, pero únicamente con mi trabajo profesional. Pude ser ministro en varias ocasiones, y me negué. Pude ser embajador, y me negué. Todos saben que me unen a la familia del dictador lazos familiares que yo no he escogido, y que son importantes en el contexto de nuestras sociedades africanas; de tal modo que, de haber aceptado servir a la tiranía, yo sería hoy un tipo rico y con poder. Es más: algunos de mis familiares y otras gentes no entienden mi actitud de enfrentamiento frontal al presidente Obiang Nguema, contra el cual, por otro lado, no tengo ninguna enomistad en el plano personal: nunca hemos tenido novias comunes, ni me han detenido ni pagado jamás, ni he sido juzgado ni encarcelado, ni he sido vejado. Es más: mi crítica sistemática a su manera de ejercer el poder no es una posición visceral, sino claramente racional, política; Obiang sabe, y debería recordar más a menudo, que no soy enemigo de nadie en lo personal, y no deseo su muerte ni la de sus allegados ni la de nadie, a pesar de que él y sus acólitos lo interpreten a su manera y ellos sí estén dispuestos a eliminarme.

No soy ministro en Guinea únicamente porque conozco el régimen por dentro lo suficiente para que me repugne servir a la barbarie que representa, y no puedo estar de acuerdo con su manera de hacer las cosas. Hubiera servido y podría servir al Estado, al conjunto de la sociedad, pero no estoy dispuesto a secundar una acción política que sólo sirve para mantener y prolongar la tiranía que sojuzga a nuestro pueblo desde hace ya casi treinta y cinco años, que sólo sirve para enriquecer y encumbrar a un grupito de desalmados, a un puñado de personas, a una sola familia más los adheridos, mientras la inmensa mayoría de nuestro pueblo sigue sufriendo persecución y continúa soportando una pobreza infrahumana. No tengo estómago para hacer lo contrario de lo que pienso y me dicta mi propia conciencia, ni para denunciar a mis amigos, familiares y vecinos, como se me pidió reiteradamente; no soporto la tortura ni en los enemigos, ni estoy dispuesto a comer con un sueldo oficial mientras otros compatriotas permanecen en prisión con sentencias injustas y en condiciones espeluznantes; no puedo pasear con un coche otorgado por el poder con inmunidad para atropellar a la gente; nunca he tenido ni quiero tener pistolas; y como no estoy de acuerdo con esas maneras de hacer política, preferí desvincularme, incluso físicamente, de toda esa sórdida brutalidad, de toda esa inhumanidad. Sólo por eso estoy donde estoy y hago lo que hago.

Pero no creais que soy un alma cándida. Tengo mis ambiciones y os las confieso: en lo profesional, aspiro a ser un buen escritor, y a ello dedico mis esfuerzas; en lo público, quisiera ver a mi país libre y próspero, que haya hospitales dignos de ese nombre, carreteras seguras, transportes adecuados, una red de saneamiento ambiental, luz eléctrica, agua potable, que no nos talen abusivamente nuestro ya exiguo bosque tropical, y que seamos los guineanos los que nos alimentemos en primer lugar con la pesca de nuestro mar territorial; y que, además, no tenga que aguantar a un señor o a una señorita de Arganda del Rey o de Madrigal de las Altas Torres que venga a decirme cómo debo vivir en mi propio pueblo. Estas son mis únicas ambiciones, puesto que si tengo coche, es porque mi trabajo me lo permite; si tengo casa y si como todos los días, es porque me lo procuro, y no se lo debo ni a Obiang Nguema ni a nada que no sea exclusivamente un trabajo honesto y cotidiano.

Por esa mezcla de patriotismo e idealismo a la antigua usanza estoy en la retaguardia de la política. Para demostrar que se puede trabajar y ser alguien en este mundo al margen de la política, un frente que ya tiene demasiados candidatos, demasiados aspirantes, como para que yo me sume. Guinea padece una inflación de presidenciables, de ministrables, de ambiciosos y de caraduras que sólo están en política para medrar, o porque no saben hacer nada ni pueden ofrecer nada a la sociedad, y se agazapan tras la política para intentar ser lo que de otra manera nunca serían. Guinea Ecuatorial ha caído tan bajo que se ha convertido en el único país en el que hasta los narcotraficantes convictos se postulan como candidatos a la Presidencia, en el que delincuentes y asesinos se sientan en el Consejo de Ministros. Pero adolecemos de profesionales honestos, que hagan su trabajo con la mayor dignidad en beneficio de su familia y de su propio pueblo, sin esperar más recompensas y honores que el fruto de su esfuerzo.

Y creo que no todos debemos ser medidos por el mismo rasero. Todos los guineanos no somos iguales. Los que venimos trabajando por la libertad y la democracia desde hace décadas, desde los tiempos de la primera dictadura, prácticamente desde que tenemos uso de razan política, no podemos ser confundidos en ese magma informe que incluye a los diletantes, a los conversos, a los hipócritas que sólo están ahí para ver qué pillan. La política es un noble oficio que en África, particularmente en Guinea Ecuatorial, ha perdido su sentido de servicio para convertirse en asunto de pillos. Y es necesario dignificarla. Hay que celebrar y celebro que últimamente hasta los torturadores de ayer y de antes de ayer se estén vistiendo de demócratas, porque eso es positivo y puede indicar un grado de madurez y el triunfo de nuestras ideas de concordia, de paz, de libertad. Pero seria necesario que demuestren que están ahora entre nosotros por algo más que por una riña de palacio. Deben demostrar que su conversión es sincera, que se arrepienten de sus tropelías pasadas, que han hecho un acto sincero de contrición y que no volverán a las andadas en cuanto tuvieran una nueva ocasión. Eso es lo que les exige el pueblo de Guinea Ecuatorial, que lleva treinta y cinco años sufriendo los desmanes de ese grupillo, porque, compatriotas y amigos, no se puede exigir el perdón y la reconciliación sin un claro proceso de arrepentimiento. El perdón sólo se puede otorgar si antes se confiesan los pecados y se cumple la penitencia de rigor, aunque sea todo lo simbólica que se quiera, para que las actuales y futuras generaciones no crezcan en la errónea convicción de que matar sale gratis, torturar no es delito, robar es lo normal.

Hay que acabar con esa cultura de la impunidad, que eleva y premia a la escoria de la sociedad, a los individuos más brutos e ignorantes, a los más pendencieros, a los más malvados, para restituir la racionalidad de las cosas para que el bien y la verdad brillen y la maldad y la mentira sean condenados. El mensaje que debemos transmitir es que Guinea Ecuatorial necesita el ejemplo contrario: que todos sepan, ahora y en el futuro, que robar no es rentable, que los torturadores serán castigados, que los asesinos y todos los que infligen tanto sufrimiento tendrán su merecido, aunque sea dentro de mil años, de acuerdo con unas leyes justas que nos amparen a todos. Nuestra sociedad destila podredumbre e inmoralidad por todos los flancos, y es necesario llevar la moralidad y elevar los niveles éticos para que las generaciones que nos siguen encuentren amparo y protección. Nuestra juventud necesita otros modelos sociales, otros espejos en que mirarse, y estamos obligados a trabajar para que nuestros hijos crezcan en la responsabilidad. África entera, y nuestro país en particular, sufren ahora las consecuencias de los desequilibrios, de la desculturización, de la descomposición de nuestras sociedades, y es necesario devolver al africano, sobre todo a nuestra juventud, las razones que necesitan para estudiar, para formarse, para retomar algunos de los valores de nuestra tradición, y, en un equilibrio armonioso con los valores éticos de nuestro tiempo, construir esas personalidades recias que necesitamos para que los africanos también aportemos a este mundo cambiante la impronta de nuestra propia identidad. Los africanos tenemos que dejar de ser el hazmerreir del mundo, unos seres que sólo viven gracias a la caridad de los demás, para devolvernos a nosotros mismos nuestra dignidad, sin la cual nunca recuperaremos el sentido de nuestra vida, ni seromos capaces ni squiera de sobrevivir.

Tras las últimas "elecciones" presidenciales y el nuevo mandato de siete años que se acaba de otorgar a sí mismo el señor presidente y generalísimo de los ejércitos, de nuevo se ha instalado en el ánimo de los guineanos un gran sentimiento de impotencia. Ahora somos más pesimistas que nunca, y todo el mundo se pregunta qué hacer, si aguantaremos otros siete años, y otros siete, y otros siete, y otros siete, hasta que su cuerpo aguante. Y cuando su cuerpo no aguante y se produzca el inevitable desenlace, si seguiremos tolerando que nos gobiernen mozalbetes más bien tarados, o personajillos sanguinarios, o maleantes que no han demostrado más luces que lo que maquinan para hacer el mal. La sociedad guineana está instalada en la pura desesperación, porque no encuentra horizontes que le permitan vislumbrar una salida.

Pues bien: son los políticos los que tienen que trabajar, ahora más que nunca, para devolvernos la esperanza. ¿Cómo? Yo no lo sé, ni tengo ninguna fórmula mágica. Pero lo evidente es que las actitudes que se vienen manteniendo desde que luchábamos contra la primera tiranía deben ser revisadas, y, si me apuran, deshechadas. A estas alturas de la historia, ya queda claro que la comunidad internacional, a la que venimos apelando desde siempre, no nos sacará las castañas del fuego. Ya queda claro que España, nuestra antigua potencia colonizadora, no dará nunca un golpe de Estado contra Teodoro Obiang, ni Francia, ni Estados Unidos, ni Camerún, ni Gabón, ni Nigeria. Los políticos guineanos deben dejar de pedir limosna, deben dejar de guiarse por las palabras bonitas de una serie de personajes que tendrán la mejor voluntad del mundo, pero que, primordialmente, defienden sus propios intereses, máxime hoy que hemos dejado de ser unos parias para convertirnos en un país cortejado por sus inmensas riquezas. Antes nadie nos hacía caso porque no teníamos nada que ofrecer a cambio. Ahora tampoco nos hacen caso porque tenemos demasiado, y no quieren que nuestros inmensos recursos caigan en manos para ellos inseguras. Convenzámonos de que Obiang asegura mejor esos intereses que cualquier opositor, porque los opositores podrían tener ideas propias, y no interesan los africanos con ideas propias. Esa es la conclusión que puede sacar cualquiera que contemple desde la serenidad las relaciones de Occidente con África al menos desde los últimos cinco siglos. Ejemplos sobran para mantener esta afirmación.

De manera que debemos dejarnos de comiditas, de palmaditas en la espalda, de recibir sobrecitos para pasar el mes, para concentrarnos en lo que nos interesa. Los guineanos también tenemos nuestros intereses en Guinea Ecuatorial, y el primer deber de nuestros políticos es luchar por la consecución de las libertades. Si los occidentales nos hubieran dado un solo gramo del inmenso apoyo que se dio al pueblo serbio para desembarazarse del despota Milosevic, estoy seguro de que Obiang y otros tiranos no estarían en el poder. Si se persiguiera con igual contundencia a nuestros dictadores como se hizo con Pinochet o se hace ahora con Sadam Hussein, nuestros pueblos habrían salido de la esclavitud. Pero observamos que mientras se nos dice desde despachos de alfombras mullidas que no utilicemos la violencia, que todo se arreglará, desfilan hacia Malabo delegaciones de todos los niveles y de todos los países para festejar al dictador; esas mismas manos que palmean a los opositores tranquilizan igualmente al dictador, que es abrazado y jaleado por los máximos representantes de las democracias occidentales, que se abstienen a la hora de condenar las gravísimas violaciones de los derechos humanos en Guinea Ecuatorial, contentándose con sacar comunicaditos que son papel mojado para el sátrapa de Malabo. ¿Qué significa todo eso?

Muy sencillo: significa que no podemos confiar nuestro futuro a los demás. Al igual que en el plano personal, los pueblos deben tomar las riendas de su propio destino, y hacer lo que se deba para liberarnos de la tiranía que nos oprime. Estoy convencido de que alguno saldrá de aquí e irá chivateando que yo predico la violencia, que me he convertido a las posiciones terroristas. Pues bien: voy a facilitarles la tarea a esos chivatos, y decir aquí claramente que soy un terrorista. Si el grito de los padres de la independencia norteamericana, que consagraron en su Declaración el derecho a la libertad y la igualdad de todos los seres humanos, y que condujo a la guerra contra la tiranía inglesa fue un acto terrorista, yo también soy un terrorista; si el asalto a la prisión de La Bastilla con el que estalló la revolución francesa, fundamento de la libertad, la igualdad y la fraternidad de que gozan hoy los franceses fue un acto de terrorismo, yo también soy un terrorista; si el Dos de Mayo, el levantamiento del pueblo de Madrid contra la dominación napoleónica fue un acto de terrorismo, yo también soy un terrorista; si la resistencia de los franceses y otros pueblos europeos contra la barbarie nazi fue un acto terrorista, yo también soy terrorista; si el 25 de Abril, la revolución de los claveles portuguesa fue un acto terrorista, yo también soy terrorista; porque, como estos ejemplos y otros muchos extraíbles de la Historia, mi único objetivo es ver libre y próspero a mi pueblo, una vez agotadas todas las posibilidades de convencer al tirano de que el suyo no es el camino para llevarnos a la libertad y al progreso. Soy tan terrorista, por tanto, como George Washington y Thomas Jefferson; como Charles de Gaulle, como Daoíz y Velarde y Agustina de Aragón, como cuantos han luchado en este mundo por la dignidad y la libertad.

Porque ¿de qué manera podemos oponer las palabras a sus armas? ¿Cómo convencer con las palabras a los que no dialogan? ¿Cómo luchar con las armas exclusivas de la democracia contra los que no creen en la democracia, contra los que se burlan de la democracia, como demuestran a diario con su forma de gobernar? ¿Qué otra conclusión puede extraerse de las esperpénticas "elecciones" del pasado 15 de diciembre, qué otra conclusión puede sacarse del terrible hecho de que dirigentes políticos pacíficos como Placido Micó estén pudriéndose en el tétrico penal de Llack Beach en condiciones absolutamente infrahumanas? ¿Qué más se nos puede pedir que hagamos, excepto que voluntariamente entreguemos nuestras cabezas para que nos sean cortadas? ¿Acaso no bastan las miles de cabezas yacentes que ya han cortado desde el 5 de marzo de 1969? ¿Y pretenden que sigamos siendo un pueblo mártir, diseminado por el mundo, sin fuerzas ni esperanza? ¿Por qué se exige al pueblo que sea pacífico, que no recurra a la violencia, mientras es machacado día tras día por la violencia del poder, que nos tiene aterrorizados mediante las armas que le suministran los que nos predican la no violencia? ¿No contempla la Historia del mundo situaciones absolutamente nítidas como la nuestra, en las que la respuesta colectiva de los pueblos frente a la tiranía ha sido la única solución para su liberación? Sé bien que lo que digo hoy aquí puede tener consecuencias nefastas para mí, porque siempre habrá algún supuesto amigo o algún enemigo camuflado que no comprendan este terrible grito de angustia, que se lanza ante la impotencia de oír a diario que nuestros familiares y amigos fallecen a causa de la miseria o a causa de su oposición a la injusticia; pero ya da igual, porque ha llegado el momento en el que el silencio es culpable y es necesario expresar en voz alta lo que piensa la inmensa mayoría de los ciudadanos de los pueblos que componen Guinea Ecuatorial, lo que dicen en los barrios y en los pueblos y en los bosques millones de africanos pisoteados, humillados y ofendidos. Como no soy político, según acabáis de escuchar, puedo decir estas cosas con toda claridad y asumiendo mi responsabilidad individual, puesto que no comprometo a nadie más que a mí mismo.

Y en cuanto al pacifismo, tan en boga hoy, sólo decir que todos somos pacifistas, a nadie le interesa la muerte, nadie rentabiliza los cadáveres, salvo gente como Obiang y sus hermanos, y esos otros que se les han adherido para lamer las sobras de su plato. Pero a pesar de ser pacíficos pacifistas -si se me permite el énfasis- ni los ciudadanos ni la comunidad internacional podemos poner la otra mejilla indefinidamente. Tenemos derecho a defendernos de los agresores, y máxime si tienen a su alcance medios extraordinarios para liquidarnos y han demostrado ya sobradamente que no dudan en emplearlos incluso contra, sus propios compatriotas. En cualquier caso, considero que siempre es mejor una dictadura menos que una dictadura más; sería un curioso ejercicio para los pacifistas profesionales realizar una encuesta o un referéndum libre en el que se preguntara a las poblaciones que vivimos situaciones de opresión si queremos o no que nos quiten de encima a los Sadam Huasein. Pero como tal encuesta no se ha hecho ni es posible un referéndum en estas condiciones, vamos a creer que los millones de manifestantes que se oponen a estas cosas lo hacen de buena fe, aunque siempre dé la casualidad de que quienes se oponen viven confortablemente rodeados de bienestar, y nuestros padecimientos les suenan a cuentos de hadas. Y quisiéramos ver alguna vez manifestaciones multitudinarias en Occidente en contra de nuestros tiranos y sus protectores; en contra de los que nos oprimen y de los que ayudan a mantenernos en la opresión; en contra del hambre que nos asola y nos mata y contra quienes lo permiten; en contra del sida y demás pandemias que nos tienen postrados; en una palabra, quisiéramos ver a los supuestos pacifistas manifestarse en solidaridad con nosotros, los pueblos oprimidos, porque eso sí que sería progresista, eso sí que seria luchar por la verdadera paz. Pero, hasta hoy, nos dejan solos, y sólo se ponen a protestar cuando nosotros vislumbramos cierta esperanza de que caiga alguno de los tiranos que matan a sus propios pueblos. Y no podemos entender esa actitud.

De manera que, estimados compatriotas y queridos amigos, ésta es nuestra realidad actual. El mismo Severo Moto es testigo de que le he acompañado siempre, incluso en los momentos más peligrosos y dolorosos, como la tarde-noche en que clausuraron su sede en Malabo a punta pistolas y metralletas, llevándose los archivos y encarcelando a numerosos militantes; a mí no me detuvieron, pero no me hubiese importado correr la misma suerte que tantos compatriotas, y no me arrepiento de haber estado al lado de Severo Moto. Pero Severo también sabe que no siempre he secundado algunas de sus acciones, ni compartido todas sus actitudes políticas, pero esa posible crítica ha estado siempre circunscrita al ámbito de lo privado, evitando dar cuartos al pregonero; en cualquier caso, creo que todos tenemos derecho a equivocarnos, sobre todo cuando nos vemos obligados a improvisar, porque ninguno de nosotros pertenece a una familia con abolengo ni apellidos largos cargados de historia y de experiencia política, cuyos bisabuelos ya eran ministros y diputados. 

Venimos todos de una misma realidad, todos carecemos de pericia política y vamos experimentando a base de errores, y todos somos pobres y previsiblemente moriremos en nuestra pobreza. Severo se ha equivocado alguna vez, de acuerdo, pero ello no obsta para que sigamos otorgándole nuestra confianza, porque, junto a esos errores, también ha acumulado numerosos aciertos en estos veinte años que lleva presidiendo este Partido.

Y en mi opinión debe seguir mereciendo ese voto de confianza hasta que el Partido del Progreso determine otra cosa en un congreso válido, celebrado a ser posible en el interior del país, en libertad, sin condicionamiento alguno. Como demócrata de siempre -ahí están las hemerotecas y mi trayectoria para avalarme- no puedo ser partidario de la perpetuación de los líderes en el poder. La posibilidad real de alternancia es la esencia de la democracia, sin la cual se desvirtúa el concepto mismo; hay que dar nuevas oportunidades a nuevos valores, para que una savia renovada aporte mayor vitalidad a la vida política. Pero eso se debe hacer en condiciones de normalidad, y es obvio que no estamos precisamente en condiciones de normalidad. De ahí que yo siga apoyando, desde la modestia de mis escasos medios y posibilidades, el liderazgo de Severo Moto en el Partido del Progreso, por su entrega al Partido, por su honestidad política, por la valentía y el coraje de los que ha dado prueba, por su demostrada capacidad de liderazgo, tanto en la aflicción como cuando ha estado en la cúspide de su popularidad.

Dicho lo cual, debo añadir que Severo debe cambiar algunas cosas, ya que los veinte años transcurridos nunca serán iguales al tiempo que viene, pues previsiblemente será tiempo de consenso, de pactos, del entendimiento con todos. Por ello Severo debe escuchar más y hablar menos; debe integrar más, dar mayor participación a otros sectores y a otras ideas, abrir más el Partido sin hipotecar su ideología, debe ser más dialogante con aquellos sectores de dentro y de fuera que no estén completamente de acuerdo con él, aunque deba mantenerse el liderazgo fuerte como factor de cohesión, marcando el rumbo y el ritmo; y, también, aunque deba exigirse a todo militante un mínimo de lealtad y un comportamiento ético acorde con el ideario del Partido. Por principio, un dirigente político no debe estar reñido con casi nadie; debe tender puentes, para que su lucha sea mejor comprendida y no se acabe en una simple impresión de ambición y de personalismo. La percepción que muchos tienen de Severo Moto y de su partido es que quiere el poder; y que, si lo lograra, sería tan tiránico como Obiang. Eso lo he oído de bocas blancas y de bocas negras, de españoles y de guineanos.

Podría presumir de conocer bastante bien a Severo Moto, porque llevamos tratándonos casi toda nuestra vida, ya que nuestras respectivas familias ya eran amigas desde antes de que naciéramos nosotros. Es evidente que mi apoyo renovado a Severo nada tiene que ver con esa relación antigua, porque, como he explicado, me unen cosas mucho más tangibles -como Ia consanguinidad- a la familia de Teodoro Obiang, y nunca le he apoyado. Para los mal pensados, recordaré que el distrito de Niefang tiene otros políticos, y tampoco tengo compromiso alguno con ninguno de ellos.

Quiero que me entendais bien: estamos hablando de política, y no de inquebrantables adhesiones personales, por lo que las lealtades deben ser recíprocas, y la honestidad debe ocupar el primer lugar en esas relaciones. Los apoyos que se piden y se dan tan generosamente no son un cheque en blanco y por una cantidad ilimitada. Voy a conservar mi libertad y mi independencia de criterio para decir y hacer lo que considere oportuno. No es esta una época de caudillos ni de líderes carismáticos; es el tiempo de los ingenieros, de los zapadores, de los administradores honestos y sagaces, una época de tender puentes por los que transitemos todos. Por eso, si algun día me convenciera de que Severo Moto se ha desviado de los objetivos programáticos del Partido del Progreso, dejaría de estar a su lado y lo diría también públicamente. Y como podría presumir de conocer a Severo, noto una distorsión en la imagen pública que proyecta. Yo creo honestamente que Severo no es como le pintan. Es verdad que las moscas se acercan a la miel, y cuando uno está en el poder, o se percibe que está próximo a alcanzarlo, es cuando tiene a todo el mundo bailándole el agua alrededor. Y cuando fracasa, o está en los momentos bajos, muchos se apartan y las cañas se tornan lanzas. Puede que algo de eso le haya ocurrido a Severo Moto, pero sólo él mismo puede cambiar esa percepción, esa imagen distorsionada.

Sea como sea, todos tenemos la obligación de trabajar para que Guinea Ecuatorial alcance su libertad, y que las ideas que representa el Partido del Progreso triunfen y lideren esa transformación que deseamos para nuestro país. Desde la retaguardia, desde mi voluntario retiro solitario, seguiré trabajando por ello, a sabiendas de que defendemos una causa noble, la causa de la Justicia y de la Libertad, por la que somos insultados y denostados a diario por los poderosos, por los liberticidas y sus cómplices, pero por la cual también somos bendecidos por los miserables, por los que sufren, por los oprimidos, por los apaleados, por los encarcelados, por los vejados, por todas las víctimas de sus desmanes. Y lo hacemos conscientes de que la Historia está de nuestra parte, que el futuro es nuestro, que el tiempo trabaja a nuestro favor. Porque, al final, triunfarán la Justicia y la Libertad, aunque alguno de nosotros no lo veamos y esperemos disfrutarlo sólo de dos maneras: mientras sigamos aquí, a través de nuestras conciencias limpias; y después en el Cielo, según la promesa bíblica.

Felicidades, pues, a cuantos han hecho posible que aquella idea embrionaria haya calado lo suficiente como para cumplir veinte años. Y en particular a Armengol Engonga, vicepresidente del Partido, ejemplo de generosidad y de tesón, que ha puesto siempre cuanto tiene y todas sus inmensas capacidades para que la idea se consolide.

Y vayan también nuestros recuerdos para todos los guineanos que han sufrido y siguen sufriendo la sañuda persecución de la tiranía, en la convicción de que su sacrificio no es en vano. A todos los militantes de las aldeas, a esos viejos que se reunían en la sede de Malabo creo que los jueves por la tarde, muchos de ellos ya desaparecidos, para que, donde estén, nos iluminen y sepan que no les olvidamos, porque su ilusión sigue siendo la nuestra. Y nuestro emocionado y especial recuerdo para el tristemente desaparecido Fernando Etuba, para el que pido un merecido aplauso de homenaje y gratitud. Y con él, a todos los militantes y simpatizantes muertos, y a los que sufren en la diáspora, en Gabón, en Camerún, en Nigeria, en España y en otros muchos sitios a causa de las ideas de su partido, para que sepan también que su esfuerzo y su abnegación son un ejemplo para todos nosotros, para todos los guineanos de bien. Y no les dejaremos en la estacada.

Y para todos y cada uno de los que estáis aquí hoy, muchas gracias por todo, y por vuestra atención.





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Texto. Severo Moto


Primera
Malabo Análisis
Buen Gobierno
Tratado G3
Indicadores





























































••••••••
La mayoría de la gente,
dentro y fuera de Guinea
Ecuatorial, se limitaba a
conceder un cheque en
blanco por tiempo
indefinido al presidente
Obiang, sin darse cuenta
de que el problema de
Guinea Ecuatorial es
político y no económico

••••••••



















••••••••
Entonces no se
comprendía
lo que es obvio hoy:
que un régimen de
libertades era el paso
previo para lograr los
demás objetivos de
participación política
y desarrollo económico
y social. Si hace veinte
años se hubiera
actuado en esa
dirección, la hiedra
no se hubiese
desarrollado hasta
alcanzar su
monstruosidad actual
••••••••

















••••••••
Cuando no había casi
nadie más que lo dijera,
el Partido del Progreso
se constituyó en un
baluarte de defensa
a ultranza de las
libertades, introduciendo
en la cultura política
de Guinea Ecuatorial
la necesidad de
agrupaciones ideológicas
con programas definidos,
que fueran los
mecanismos a través
de los cuales la libertad
y el desarrollo fueran
posibles, sin trampa
ni cartón

••••••••






















••••••••
Cuando no había casi
nadie más que lo dijera,
el Partido del Progreso
se constituyó en un
baluarte de defensa
a ultranza de las
libertades, introduciendo
en la cultura política
de Guinea Ecuatorial
la necesidad de
agrupaciones políticas
con programas definidos,
que fueran los
mecanismos a través
de los cuales la libertad
y el desarrollo fueran
posibles, sin trampa
ni cartón

••••••••















































































































































































••••••••
El perdón sólo se
puede otorgar si
antes se confiesan
los pecados y se
cumple la penitencia
de rigor, aunque sea
todo lo simbólica
que se quiera, para
que las actuales y
futuras generaciones
no crezcan en la
errónea convicción
de que matar sale
gratis, torturar no
es delito, robar es
lo normal

••••••••
















































••••••••
Ahora somos más
pesimistas que nunca,
y todo el mundo se
pregunta qué hacer,
si aguantaremos
otros siete años,
y otros siete, y
otros siete, y
otros siete
••••••••
















••••••••
A estas alturas de
la historia, ya
queda claro que
la comunidad
internacional, a la
que venimos
apelando desde
siempre, no nos
sacará las castañas
del fuego
••••••••














••••••••
Si los occidentales
nos hubieran
dado un solo
gramo del inmenso
apoyo que se dio
al pueblo serbio
para desembarazarse
del despota
Milosevic, estoy
seguro de que Obiang
y otros tiranos
no estarían en
el poder
••••••••
















••••••••
Significa que no
podemos confiar
nuestro futuro a
los demás. Al igual
que en el plano
personal, los pueblos
deben tomar las
riendas de su propio
destino, y hacer lo
que se deba para
liberarnos de la
tiranía que nos oprime

••••••••

















••••••••
Soy tan terrorista,
por tanto, como
George Washington
y Thomas Jefferson;
como Charles de
Gaulle, como Daoíz
y Velarde y Agustina
de Aragón, como
cuantos han luchado
en este mundo por
la dignidad y la
libertad
••••••••