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La doble vara de medir de las izquierdas europeas - La causa de la paz

SOLIDARIDAD A LA CARTA
La doble vara de medir
de las izquierdas europeas
Por Severo Moto • 05-04-2003s


La guerra de Irak, la primera gran guerra del siglo XXI, para la coalición y para las fuerzas opositoras iraquíes una guerra de liberación, es para las izquierdas europeas y los manifestantes propaz mundiales, una guerra imperialista más. ¿Quién tiene razón? Les diré que es una guerra que no está pasando desapercibida en el continente africano cuyo seguimiento levanta otro tipo de expectativas muy distintas y diferentes a las que produce en las izquierdas europeas y en los manifestantes propaz. En el continente africano nos preguntamos, ¿será cierto que terminada la guerra fría ha llegado la hora de limpiar el planeta de dictadores y tiranos como proclama el Sr. Bush? ¿Y si fuera cierto? ¿Es verdad que ha llegado la hora del fin del oprobio? ¿Qué importa quién hace de justiciero? Los africanos sabemos que Europa no lo ha hecho y no lo hará. Bien porque no puede, bien porque no quiere, bien porque no la dejan. Los africanos sabemos, con certeza absoluta, que por las tres cosas a la vez y, sobre todo, porque no quiere. Fíjense lo que digo, con certeza absoluta. Los africanos no tenemos tan clara la superioridad moral de los manifestantes propaz. Ni mucho menos. Para los africanos dista mucho de ser una evidencia como parecen tener tan claro los manifestantes propaz. Nosotros contemplamos sus manifestaciones con cierto recelo.

Las distintas guerra civiles en África en la última década han causado 5 millones de muertos y tal como marchan las cosas, la cifra seguirá engordando. Sin embargo, da que pensar que este terrible dato sea desconocido por quienes siguen los bombardeos en Irak segundo a segundo y se autofustigan con gran sentimiento de culpa cuando un nuevo informativo señala nuevas víctimas de los bombardeos de la coalición.

No hay nada que justifique una guerra y no resulta difícil sumarse al grito de consternación de quienes, como el secretario general del Partido Socialista de España, Sr. Zapatero, braman contra esa página negra de la historia que dibujan los muertos iraquíes. Sin embargo, los africanos no podemos evitar preguntarnos qué es lo que ha impedido a los que ahora militan con fervor en el bando teatral-pacifista echarse a la calle para solidarizarse con los muertos de Congo, Angola, Sierra Leona o Ruanda, por citar sólo algunos de los varios ejemplos posibles.

El presidente Bush y al primer ministro británico Tony Blair, ellos mismos, han hurgado en la herida que les hace poco creíbles, cuando justifican su intervención por la falta de respeto de las resoluciones internacionales y la brutalidad y satrapía de Saddam Husein. ¿Cómo creerles si hay otros muchos sátrapas que siguen burlando la ilegalidad internacional y asesinando sin que nadie les llame a capítulo?

En el caso español era fácil tirar con balas contra el presidente Aznar porque, como se le recordó desde la tribuna del Congreso, los españoles no necesitan irse tan lejos a luchar por la justicia cuando tienen, mucho más cerca, geográfica y culturalmente, la pústula de la cruel dictadura de Obiang en Guinea y la de la tragedia de los saharauis, víctimas de la burla sistemática, con apoyo de EEUU, Francia e Inglaterra, del fallecido Hassán II primero, y de su hijo Mohamed ahora, a las resoluciones de la ONU. Pero, sin embargo, resulta inquietante que este tipo de argumentos no haya pasado nunca de ser una cita de circunstancias. ¿Qué mecanismo misterioso permite a actores, escritores, izquierdistas, militantes antisistema y militantes de la paz varios, compaginar esa indignación furiosa a favor del “Irak agredido” con la fría indiferencia a la suerte de guineo ecuatorianos, saharauis o congoleños? 

No quiero caer en la tentación de explicar el enigma a golpe exclusivamente de teoría conspirativa que resume la pasión con que los políticos de la oposición española han echado leña al fuego, con razones de oportunismo electoralista que han disfrazado de nobles ideales. (Nobles ideales, según se mire, claro, porque a los africanos, la opción de un bombardeo, si promete librarnos de un tirano, podría resultar más digna que la de la muerte en vida a la que nos condenan cuando saquean las arcas del estado o nos dejan morir en la cárceles).

Tampoco voy a hacer caso a quienes en el bloque de la coalición señalan como culpable exclusiva a Francia, con su habilidad para instrumentalizar a favor de su cuenta de beneficios, su colonización cultural de las izquierdas europeas. Y eso que, a los africanos, más que a nadie, nos sobran ejemplos para demostrar que los franceses han convertido su “liberté, egalité y fraternité” en una marca de fábrica que apuñala en nuestros países, sistemáticamente, con sus continuas intervenciones militares, incluso ahora mismo, nuestros derechos más básicos y nuestras libertades más esenciales. Su apoyo incondicional a dictadores caníbales como Obiang o asesinos como Mugabe, hablan bien a las claras. Un Mugabe que recientemente recibió Chirac en París, sin importarle romper la unidad europea que decretó el embargo a tan deplorable personaje que, entre otras lindezas, es responsable de haber puesto al borde de la hambruna a siete millones de sus compatriotas gracias a ese “genio” económico que ejerce a golpe de represión y pillaje.

Lo malo es que la alternativa a estas dos opciones (electoralismo y manipulación francesa de sus aliados políticos) me queda una mucho peor, la del racismo de los manifestantes propaz que convierte a 5 millones de negros muertos, por poner un ejemplo, en una anécdota mientras que la muerte de 15 iraquíes en un barrio de Bagdad es una “matanza” insoportable.

Ya sé que el enfrentamiento teatral-ideológico que ha barnizado este conflicto amenaza con convertirme en un miembro del bloque fascista-imperialista. ¿Si la oposición guineo ecuatoriana le declarara la guerra a EE UU se ocuparían con igual entusiasmo de nuestra causa? Y si fuera así, ¿en qué consistiría el mérito, en el teatro que supone echarse a la espalda enemigos de tamaño fácilmente identificables por las masas o en rebelarse contra alguna injusticia? Me temo que en lo primero, es decir, en ajustarse a un guión preestablecido con malos y buenos a perpetuidad como en los mejores tebeos.

Los africanos, como los manifestantes, también queremos la paz, pero no la paz de paños calientes con el tirano y olvido perpetuo de las víctimas. Esa paz nos produce repugnancia moral y política. Esa paz que termina con los tiranos en celdas individuales en Occidente, en el peor de los casos y las más en envidiables exilios, mientras nuestros mejores hombres se hacinan y mueren en las celdas o vagabundean por las calles de Occidente, donde se exilian para proteger sus vidas, despreciados y humillados hasta el límite de lo que es humanamente soportable. Los africanos no estamos tan seguros, como los manifestantes propaz parecen estarlo, de su superioridad moral.





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Texto. Severo Moto


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